GENTES, COSTUMBRES, TRADICIONES, HISTORIAS, PATRIMONIOS,
FOLKCLORE POPULAR Y PAISAJES DE LA PROVINCIA DE CASTELLÓN:
Por: JUAN E. PRADES BEL, “Crónicas”, “Humanismo”,
(Proyecto: "ESPIGOLANT CULTURA": Taller de historia, memorias y
patrimonios).
(Sinopsis): RECORDAR TAMBIÉN ES VIVIR…
(Serie
temática): HISTORIAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA 1936-1939.
"LA ESTANCIA DE LA PERIODISTA Y ESCRITORA ESTADOUNIDENSE DOROTHY PARKER EN EL HOSPITAL MILITAR DE LAS VILLAS DE BENICASSIM (1936-1938), EN APOYO DE LOS SOLDADOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES Y DE LOS CONVALECIENTES HERIDOS EN LA GUERRA".
Escribe: JUAN EMILIO PRADES BEL. ("Las historias escritas que me acompañan, me ayudan a pensar, a imaginar, a vivir, y a experimentar un mundo de vidas muy diferentes a la mía". J.E.P.B.).
EN HOMENAJE: A DOROTHY PARKER
(1893-1967), escritora estadounidense muy conocida, periodista, cuentista,
dramaturga, crítica teatral, humorista, guionista, narradora y poeta. Durante
la década de 1930, la autora, de tendencia izquierdista, desarrolló una intensa
actividad política ayudando a fundar la Anti-Nazi League ("Liga
antinazi") en Hollywood.
Fue investigada por el FBI como sospechosa de
pertenecer al Partido Comunista, por lo que llegó a aparecer en la Lista Negra
de Hollywood y tuvo problemas para trabajar como guionista.
Durante el periodo
de la Guerra Civil Española fue una muy activa defensora de la causa
republicana, participando en campañas de recaudación de fondos para dicha causa
e incluso realizando un viaje a España para escribir algunos
relatos sobre la misma. Testigo de ese viaje a España y de su estancia en Benicassim es el relato corto
titulado "Soldados de la República", un relato ambientado en un café
de Valencia, es un cuento de carácter melancólico que fue publicado en la revista semanal The New Yorker. Dicho relato lo transcribo más adelante en este artículo.
La pérdida de la guerra por parte del Ejército Republicano, dejó una triste impronta
en ella, haciendo aumentar su ya de por si desmesurado pesimismo vital. Durante
su estancia en Benicassim, Dorothy Parker mantuvo un idilio amoroso con un
miliciano republicano.
- (MANUEL VICENT RECATALÁ escribió en EL PAÍS, CULTURA el artículo “Dorothy Parker en Nueva York”….Se trataba de un viaje
iniciático en busca de un escritor, pero en este caso no era Truman Capote
quien más me subyugaba, ni Scott Fitzgerald ni John Dos Passos ni J. D.
Salinger, sino la periodista Dorothy Parker, que yo llevaba en la memoria
desde un lejano verano de la adolescencia en que supe que esta mujer había
visitado el hotel Voramar de Benicàssim, convertido en hospital durante la
Guerra Civil, donde convalecían los brigadistas internacionales. Allí la periodista tuvo un amor con un miliciano, quien al
final de la contienda se volvió loco porque nadie le creía cuando contaba en
los bares su aventura”).
- (LUIS
ANTONIO DE VILLENA, escribió sobre el libro “Dorothy Parker” de Marion Meade,
traducción al español de Beatriz López-Buisán. Editorial Circe. Barcelona,
2000. 479 páginas: “….Dorothy Parker, fue la “gran moderna”. Fumadora,
bebedora, independiente, feminista, izquierdista (un claro anticipo del radical
chic) y a la par culta y refinada. Otro dato muy original y moderno de la
señora Parker: Casi siempre vivió en un hotel. Quería vivir libre de ataduras,
pero eso sí, con los sombreros más a la moda y un buen servicio de
habitaciones, para poder pedir whisky de madrugada. El izquierdismo trajo a
España, otra vez, a Dorothy durante nuestra guerra civil, para apoyar
brevemente la causa republicana. Y escribió un hermoso cuento sobre unos
milicianos en Valencia”…).
EXPOSICIÓN DOCUMENTAL. La obra literaria “Soldados de la República”, es un cuento o relato corto que escribió Dorothy Parker en su estancia en Benicassim (Castellón), fue publicado en la revista The New Yorker de Nueva York,
el 5 de febrero de 1938:
Textos de Dorothy Parker: "SOLDADOS DE LA REPÚBLICA. AQUELLA TARDE de domingo
estábamos sentados con la muchacha sueca en el gran café de Valencia. Tomábamos
vermú en gruesas copas, y en cada una de ellas había un cubito de hielo
grisáceo lleno de agujeros. El camarero se sentía tan orgulloso de aquel hielo
que apenas soportaba dejar las copas sobre la mesa y separarse de él para
siempre. Siguió con sus tareas -por toda la sala la gente daba palmas y silbaba
para llamar su atención-, pero se volvió a mirar por encima del hombro.
Fuera estaba oscuro, la oscuridad veloz y nueva que de un
salto y sin sombras se impone al día, pero como en las calles no había luces,
parecía tan profunda y antigua como la medianoche. Por eso te asombrabas de que
todos los críos siguieran levantados. En el café había críos por todas partes,
críos serios sin solemnidad, que observaban el ambiente que los rodeaba con
tolerante interés.
En la mesa contigua a la nuestra había uno notablemente
pequeño; tendría quizá seis meses. Su padre, un hombrecito con un uniforme
grande que lo hacía caído de hombros, lo sostenía con cuidado sobre las
rodillas. El crío no hacía nada; sin embargo, el padre y su joven y delgada
mujer, cuyo vientre volvía a estar hinchado bajo el vestido raído, lo
contemplaban sumidos en una especie de éxtasis de admiración, mientras en la
mesa se les enfriaba el café. El crío iba endomingado, todo de blanco; sus
ropitas llevaban remiendos tan delicados que la tela hubiera pasado por entera
si la blancura de los zurcidos no hubiera variado de tono. Lucía en el pelo un
lazo azul de cinta nueva, atado con absoluto equilibrio entre las lazadas y los
extremos. La cinta de nada servía; no había pelo suficiente que precisara
sujeción. El lazo era un mero adorno, un toque de gracia calculada.
¡Por amor de Dios, basta ya! me dije. Está bien, el crío
lleva un trozo de cinta azul en el pelo. Está bien, su madre dejó de comer para
que el crío estuviera guapo cuando su padre regresara a casa de permiso. ¡Está
bien! Es asunto de ella, y tú nada tienes que ver. Está bien, ¿por qué tienes
que echarte a llorar?
La enorme estancia apenas iluminada estaba atestada y
llena de animación. Aquella mañana se había producido un bombardeo aéreo, más
horrendo aún por ser a plena luz del día. Pero en el café nadie parecía tenso
ni nervioso, nadie hacía desesperados esfuerzos por olvidar. Todos bebían café
o limonada en botella con la calma agradable y merecida de una tarde de
domingo, mientras conversaban sobre temas nimios y alegres, hablando todos a la
vez, escuchando y contestando.
En la estancia había muchos soldados vestidos con lo que
parecían uniformes de veinte ejércitos distintos, hasta que uno reparaba en que
la variedad radicaba en las diferentes maneras en que se había gastado o
desteñido la tela. Sólo unos pocos habían sido heridos; aquí y allá se veía a
alguno andando con sumo cuidado, apoyado sobre una muleta o dos bastones, pero
tan en plena recuperación que su rostro tenía color. También había muchos
hombres vestidos de civil: algunos de ellos eran soldados que disfrutaban de
permiso, algunos eran trabajadores del gobierno, otros, vete tú a saber. Había
mujeres regordetas, tranquilas, que movían los abanicos de papel, y mujeres
ancianas tan calladas como sus nietos. Había muchas chicas guapas y algunas
verdaderas bellezas, que no provocaban el comentario “Fíjate en qué española
tan encantadora”, sino este otro: “¡Qué hermosa muchacha!”. Las ropas de las
mujeres no eran nuevas y las telas eran demasiado sencillas como para haber
garantizado un buen corte.
-Tiene gracia -le dije a la muchacha sueca- cuando en un
sitio nadie es el mejor vestido, no se nota que nadie está bien vestido.
-¿Cómo? -inquirió la muchacha sueca.
Nadie, salvo algún que otro soldado, llevaba sombrero. La
primera vez que habíamos ido a Valencia viví en un estado de dolorosa
perplejidad al no saber por qué en la calle todo el mundo se reía de mí. No era
porque en la cara llevase escrito “Avenida West End”, como si la frase me la
hubiera garabateado con tiza un empleado de aduanas. En Valencia los
estadounidenses caen bien porque han visto a los buenos médicos que abandonaron
sus consultas para venir a ayudar, las jóvenes y serenas enfermeras, los
hombres de las Brigadas Internacionales. Pero cuando caminaba por la calle,
hombres y mujeres se tapaban cortésmente la cara risueña con la mano y los
pequeños, demasiado inocentes para disimular, se partían de risa, señalaban con
el dedo y gritaban: “¡Olé!”. Después, bastante más tarde, descubrí el porqué y
dejé de ponerme sombrero; cesaron las risas. Tampoco era uno de esos sombreros
cómicos, era simplemente un sombrero.
El café se llenó a rebosar; abandoné nuestra mesa para
hablar con un amigo que se encontraba al otro lado de la sala. Al regresar a la
mesa, se habían sentado a ella seis soldados. Estaban apretujados y tuve que
meterme por un huequecito para llegar a mi silla. Se los veía cansados,
cubiertos de polvo y pequeños, del modo que se ven pequeños los que acaban de
morirse, y lo primero que destacaba en ellos eran los tendones de sus cuellos.
Me sentí como una cerda de marca mayor.
Todos conversaban con la muchacha sueca. Habla español,
francés, alemán, algo de escandinavo, italiano e inglés. Cuando tiene un
momento para sentirse arrepentida, entre suspiros, se lamenta de que el
neerlandés lo tiene tan olvidado que ya no logra hablarlo, sino sólo leerlo, y
lo mismo le ocurre con el rumano.
Según nos contó, los soldados le habían dicho que se les
terminaba un permiso de cuarenta y ocho horas y debían volver a las trincheras,
y para las vacaciones habían hecho fondo común con todo el dinero para comprar
cigarrillos, pero algo había salido mal y el tabaco nunca les había llegado. Yo
llevaba un paquete de cigarrillos estadounidenses -en España el tabaco rubio no
sabe a nada-; lo saqué y, mediante movimientos de cabeza, sonrisas y una especie
de brazada, les di a entender que se lo ofrecía a aquellos seis hombres con
ansias de tabaco. Cuando comprendieron lo que quería decirles, se levantaron
uno a uno y me estrecharon la mano. Muy bondadoso de mi parte compartir mis
cigarrillos con los hombres que iban a regresar a las trincheras. La Pequeña
Dama Generosa. La cerda de marca mayor.
Uno a uno, fueron encendiendo los cigarrillos con un
artefacto de cuerda amarilla que al arder apestaba y que se utilizaba, según me
tradujo la muchacha sueca, para encender las granadas. Cada uno de ellos
recibió lo que había pedido, un vaso de café, y cada uno de ellos murmuró
agradecido al ver la pequeña cornucopia de azúcar de grano grueso que lo
acompañaba. Entonces hablaron.
Hablaron por intermedio de la muchacha sueca, pero nos
hicieron lo que hacemos todos cuando hablamos nuestra propia lengua con alguien
que la desconoce. Nos miraron a la cara, y nos hablaron despacio, pronunciando
las palabras con complicados movimientos de los labios. Después, a medida que fueron
surgiendo sus historias, nos las soltaron con tanta vehemencia, con tanto
énfasis, que estaban seguros de que debíamos entenderlas. Estaban tan
convencidos de que las entenderíamos que nos avergonzamos de no entender.
Pero la muchacha sueca nos traducía. Eran todos
campesinos e hijos de campesinos, de una zona tan pobre que uno trata de no
recordar que existe ese tipo de pobreza. Su aldea se encontraba junto a aquella
otra a cuya plaza de toros habían ido ancianos, enfermos, mujeres y niños, un
día de fiesta; y habían llegado los aviones para lanzar bombas sobre el ruedo,
y los ancianos y los enfermos y las mujeres y los niños sumaban más de
doscientos.
Todos ellos, los seis, llevaban más de un año en la
guerra, y la mayor parte de ese tiempo habían estado en las trincheras. Cuatro
de ellos estaban casados. Uno tenía un hijo, dos tenían tres, y uno tenía
cinco. Nada habían sabido de sus familias desde que partieran para el frente.
No habían tenido comunicación con ellas; dos de ellos habían aprendido a
escribir de otros hombres que luchaban junto a ellos en las trincheras, pero no
se habían atrevido a escribir a casa. Pertenecían a un sindicato, y a los
miembros de los sindicatos, cuando los atrapan, los ejecutan, por supuesto. La
aldea en la que vivían sus familias había sido capturada, y si una mujer recibe
una carta de un hombre que pertenece a un sindicato, quién sabe si no la
matarán por la relación?.
Nos contaron que llevaban más de un año sin noticias de
sus familias. No nos lo contaron con valentía, ni con extravagancia, ni con
estoicismo. Nos lo contaron como si…. Pues bien, veréis… Llevamos un año
luchando en las trincheras. No hemos tenido noticias de nuestras mujeres y
nuestros hijos. No saben si estamos muertos, vivos o ciegos. No saben dónde
estamos, ni si estamos. Con alguien tenemos que hablar. Así es como nos lo
contaron. Hacía seis meses, uno de ellos había tenido noticias de su mujer y
sus tres hijos -tenían unos ojos muy bonitos, nos dijo- gracias a un cuñado de
Francia. Entonces estaban todos vivos, le informaron, y todos los días comían
un cuenco de judías. Pero su mujer no se había quejado de la comida, le
contaron. Lo que le preocupaba era no tener hilo para remendar las ropas raídas
de los niños. De modo que él también le preocupaba aquello.
-No tiene hilo -nos repetía una y otra vez-. Mi mujer no
tiene hilo para zurcir. No tiene hilo.
Nos quedamos ahí sentados, escuchando lo que la muchacha
sueca nos iba traduciendo. De repente, uno de ellos echó un vistazo al reloj y
entonces cundió la agitación. De un salto se pusieron en pie, como un solo
hombre, y llamaron a voces al camarero y hablaron con él velozmente y uno a uno
nos fueron estrechando la mano. Volvimos a las brazadas de natación para
explicarles que se llevaran el resto de los cigarrillos -catorce cigarrillos
para seis soldados que iban a la guerra- y entonces nos estrecharon otra vez la
mano. Después, todos nosotros dijimos “¡Salud!” tantas veces como hacía falta
para seis de ellos y tres de nosotros, y después salieron en fila del café, los
seis, cansados, polvorientos y pequeños, como son pequeños los hombres de una
horda poderosa.
Cuando se marcharon, sólo hablaba la muchacha sueca. Ella
llevaba en España desde el comienzo de la guerra. Había asistido a hombres
destrozados, había llevado camillas vacías hasta las trincheras, y después
había vuelto con ellas cargadas de heridos al hospital. Había oído y visto
demasiado como para sumirse en el silencio.
Al cabo de un rato llegó la hora de marcharnos; la
muchacha sueca levantó las manos por encima de la cabeza y dio dos palmadas
para llamar al camarero. El camarero acudió, pero no hizo más que sacudir la
cabeza y la mano y se alejó...Los soldados nos habían pagado las copas".
ADDENDA: ADICIONES Y COMPLEMENTOS SOBRE LAS TEMÁTICAS Y
MOTIVOS REFERIDOS EN EL ARTÍCULO. (POR JUAN E. PRADES):
DOROTHY PARKER: (Dorothy Rothschild Parker; West End,
1893 - Nueva York, 1967) Escritora estadounidense. Espíritu versátil y
brillante, escribió artículos para Vogue, y ejerció la crítica literaria y
teatral en Vanity Fair y en The New Yorker. Publicó tres volúmenes de poesía
(Suficiente soga, 1926; Sunset Gun, 1928; Muerte e impuestos, 1931), reunidos
en 1936 en un único volumen titulado No tan profundo como un pozo.
Una de sus
obras, Big Blonde, ganó el Premio O'Henry al mejor cuento del año. También
realizó varios reportajes desde España durante la Guerra Civil española
(1936-1939).
Nacida en Nueva Jersey de padre judío y madre
protestante, su infancia está llena de infortunios. Perdió a su madre a los 4
años, a los 10 a su madrastra. Asistió, a colegios privados e internados donde
continuamente se la castigaba por mal comportamiento.
A los 19 pierde a su tío en el hundimiento del Titanic y
a los 20 a su padre. Empieza a trabajar como pianista y publicando en
periódicos locales sus poesías para mantenerse.
A los 21 Vanity Fair publica su poema “Any Poch”, esto
significa el punto de partida para su carrera como escritora.
A los 24 años, después de trabajar en la redacción
publicitaria de Vogue, la ascienden a crítica de teatro, a los 27 años
productores y actores influyentes consiguen que la despidan tras una de sus
criticas de incisivas, inteligentes y sinceras que tanto apreciaban sus
lectores.
En 1919, con 26 años es una de las voces fijas en
tertulias semanales del Hotel Algoquín, donde se dan cita columnistas,
dramaturgos, escritoras, ilustradoras, actrices, humoristas y compositores del
momento.
En 1925, se funda la revista New Yorker, de la que forma
parte de la plantilla, publica en la sección “Lector constante” reseñas de
cuentos, poemas y revistas.
En 1926, con 33 años, publica su libro de versos “Enought
Rope”.
1927 preocupada por los derechos civiles, se convierte en
socialista. En 1928, con 35 años, publica su libro de versos Sunset Gun.
En 1929 recibe el premio O.Henry por el cuento
autobiográfico “Big Blonde”.
En 1931, con 38 años, publica su libro de poemas Death
and Taxes.
Publica diferentes colecciones con sus obras de ficción y
y cuentos.
Escribe varias obras de teatro, guiones y letras para musicales.
Durante la guerra civil española apoyo al bando
republicano activamente recaudando fondos.
Hizo también un viaje a España tras
el que escribió el cuento “Soldados de la República”, ambientado en un café de
Valencia, fue publicado en el New Yorker.
1955, a los 62 años, su lucha por los derechos civiles la
llevará a ser llamada ante la Cámara de Actividades Antiamericanas.
En 1959, a los 66 años es admitida en la Academia
Estadounidense de las Artes y las Letras.
En 1963, a los 70 es profesora en el California State
College de Los Ángeles.
El 7 de junio de 1967, a los 73 años, falleció Dorothy Parker, tras su muerte por un
fallo cardiaco, deja todo su patrimonio literario al Dr. Martin Luther King Junior.
BIBLIOGRAFIA, WEBGRAFÍA Y FUENTES DOCUMENTALES:
Luis Antonio de Villena (2000): “Dorothy Parker, lúcida y
genial”. http://luisantoniodevillena.es/web/articulos/dorothy-parker-lucida-y-genial/.
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena (2004): “Biografia de
Dorothy Parker”. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea Internet.
Barcelona, España, 2004. https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/parker_dorothy.htm
Elvira Lindo (2016): “Las huellas de Dorothy Parker”. Reportaje
publicado en El País Semanal.
Manuel Vicent (2019): “Dorothy Parker en Nueva York”. Revista
V del diario EL PAÍS, Cultura.
NOTAS
DE OPINIÓN Y COLABORACIÓN ENVIADAS POR ALGUNOS LECTORES DE ESTE ARTÍCULO SOBRE DOROTHY
PARKER:
Comentarios
de Berifor (23-10-2021): “Esta historia está llena de realismo, de
gente entregada, llena de idealismos. Son gentes "únicas" que merecen
ser estudiadas como lo hace Juan Emilio Prades Bel”.
Comentarios
de Sara (25-10-2021): “Escribes sobre una mujer con carácter, Dorothy Parker
vivió aún en tiempos difíciles para el sexo femenino. Después de leer un poco
más sobre esta escritora os ofrezco dos frases de ella. Entre muchos de sus
comentarios me gustan estos dos:
(1).
“La cura contra el aburrimiento es la curiosidad, la curiosidad no tiene cura”.
(2).
“Cualquier mujer que aspire a comportarse como un hombre seguro que carece de
ambición”.
ARCHIVO:
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| HOSPITAL VILLA FRENTE POPULAR. |
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| VILLAS DE BENICASSIM Y EL HOTEL VORAMAR. |
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| DOROTHY PARKER. |
 |
| Soldiers of the Republic By Dorothy Parker. January 28, 1938 The New Yorker. Fiction. February 5, 1938 Issue. |
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The New Yorker. February 5, 1938 Issue. Fiction. Soldiers
of the Republic By Dorothy Parker. January 28, 1938 |